Trump levanta un muro arancelario frente al mundo

Trump levanta un muro arancelario frente al mundo

“Los aranceles son un impuesto a tu lista de la compra”, rezan esta semana en las calles de Washington anuncios pagados por Canadá. Las televisiones emiten mensajes de Toyota en los que la compañía japonesa resalta lo estadounidense que es. Las escaramuzas ya han comenzado, pero la declaración de guerra comercial se espera para este miércoles en la Rosaleda de la Casa Blanca, en un acto solemne en lo que el presidente de Estados Unidos llama de forma grandilocuente “Día de la Liberación”. Donald Trump levantará un muro a las importaciones con aranceles que apuntan a superar el 20% de media, aunque los detalles finales no han trascendido.

Trump ya dijo en un mitin que el 5 de noviembre, día de las elecciones presidenciales, era el “Día de la Liberación”. “Para los ciudadanos estadounidenses, el 20 de enero de 2025 es el Día de la Liberación”, proclamó luego en su discurso de investidura, así que este es como mínimo el tercer “Día de la Liberación” en seis meses. Como en las dos ocasiones anteriores, el mundo mira hacia Washington en vilo.

El presidente ha prometido para este miércoles lo que denomina de forma impropia “aranceles recíprocos”. En teoría, se trata de castigar a los países que imponen a EE UU aranceles más altos de los que sufren en la primera potencia del mundo. En la práctica, Trump tiene en el punto de mira a los que venden a EE UU más de lo que le compran.

La última vez que Washington emprendió una oleada proteccionista relativamente comparable fue hace casi un siglo, con los aranceles Smoot-Hawley de 1930, y el resultado fue desastroso. La guerra comercial contribuyó a agravar la Gran Depresión y los aranceles generalizados quedaron desprestigiados. Trump se remite todavía más allá, a finales del siglo XIX y principios del XX, como ejemplo de periodo en que la economía estadounidense creció con fuerza a pesar de sus altos aranceles. Los economistas señalan que en la actualidad el país que practica una política comercial de sustitución de importaciones más parecida a la que parece defender Trump es la India.

El mandatario republicano aspira a convertir los aranceles en una fuente de recaudación relevante permanente y a impulsar la producción nacional penalizando la extranjera. Ambos objetivos tienen algo de incompatible: para que haya mucha recaudación, tiene que seguir habiendo muchas importaciones y si hay muchas importaciones, será porque no se han sustituido con producción nacional. La cuadratura de ese círculo se completa con quienes dicen que el reajuste cambiario hará que los productos no se encarezcan para los estadounidenses (pero, en ese caso, no incentivarían la sustitución de importaciones).

De momento, los anuncios y medidas de Trump han hecho perder fuelle a la economía de EE UU. Las perspectivas de crecimiento se han deteriorado, aumentando el riesgo de una recesión, mientras que las expectativas de inflación se han disparado, complicando la hoja de ruta de la Reserva Federal.

En 2019, durante la primera guerra comercial de Trump, de mucho menor calado, la Reserva Federal concluyó que el impacto de la incertidumbre en la desaceleración de la inversión y la contratación fue mayor que el efecto directo de los aranceles. Esta vez, la incertidumbre es mayor, dado el errático comportamiento del presidente y la caótica implantación de sus medidas.

Trabajadores empaquetan aguacates para la exportación en Peribán (México).

La guerra comercial lastrará el crecimiento global, con recesiones casi garantizadas para México y Canadá y, como mínimo, un estancamiento en la Unión Europea. Los mercados han acusado el golpe por adelantado. Los inversores se han refugiado en el oro. Los anuncios de este miércoles se harán a partir de las 16.00 horas de Washington, las 22.00 en la España peninsular, tras el cierre de Wall Street.

La guerra comercial supone pasar de un sistema de comercio global basado en reglas a uno construido sobre tratos. El problema es que Trump tampoco respeta los acuerdos que firma. En su primer mandato negoció el Tratado entre México, EE UU y Canadá (TMEC), al que elogió sin recato, y que ahora ha dinamitado sin contemplaciones.

La Casa Blanca ha estado discutiendo hasta el último momento los detalles de lo que anunciará este miércoles. No hay criterios objetivos para penalizar las importaciones de unos países u otros. La decisión obedece en última instancia al capricho de Trump, un presidente que ha emprendido una deriva autoritaria para gobernar por decreto más allá de sus facultades constitucionales.

En los últimos días, Trump ha dicho que será “benevolente” con sus aranceles, pero el presidente de EE UU está acostumbrado a convivir de forma permanente con la mentira. Uno de sus asesores destacados en la materia, Peter Navarro, señaló el fin de semana que el Gobierno espera recaudar 600.000 millones de dólares anuales con los aranceles. Teniendo en cuenta que las importaciones de EE UU fueron de 3,3 billones de dólares en 2024 y que los aranceles deberían reducirlas, esa cifra solo sería alcanzable con aranceles medios superiores al 20%. Un escenario máximo manejado por Bloomberg los eleva al 35%, desde el 2,4% en que se encontraban en 2024.

Quizá la respuesta ni siquiera se conozca este miércoles. La idea es anunciar un arancel aplicable a cada país (o a cada bloque comercial, aunque esto último tampoco está claro). Se supone que ese arancel “recíproco” condensará en una sola cifra todas las medidas proteccionistas de cada país, incluidos aranceles y barreras no arancelarias, ya sean fiscales, regulatorias o monetarias. Trump considera sin fundamento los impuestos sobre el valor añadido como una medida proteccionista, lo que ya condiciona, por ejemplo, los aranceles a la UE.

No está del todo claro tampoco cuándo se aplicarán los nuevos aranceles. “Tengo entendido que el anuncio de los aranceles llegará mañana. Serán efectivos inmediatamente, y el presidente ha estado insinuándolo durante bastante tiempo”, dijo el martes en rueda de prensa la portavoz de la Casa Blanca, Karoline Leavitt, pero con frecuencia los hechos le acaban llevando la contraria. Algunos miembros del Gabinete de Trump han señalado que tras el anuncio habría posibilidad de negociar con los diferentes países, y la propia Leavitt admite esa opción: “Ciertamente, el presidente siempre está dispuesto a atender una llamada telefónica, siempre está dispuesto a una buena negociación”, dijo este martes.

Coches nuevos en un centro logístico en Duisburg (Alemania).

Trump ya ha impuesto aranceles del 25% a muchas importaciones de Canadá y México, que según el presidente tienen como objetivo que tomen medidas enérgicas contra la migración y el contrabando de fentanilo. China también se ha visto afectada con aranceles del 20%, en teoría por no hacer lo suficiente para detener las exportaciones de precursores del fentanilo a México, Canadá y EE UU. También ha empezado a aplicar aranceles del 25% a las importaciones de acero y aluminio. Además, ha impuesto un gravamen del 25% a los coches importados que entra en vigor este jueves y a los componentes (en este caso entran en vigor un mes más tarde).

Además, el presidente ha hablado en diferentes momentos de sus planes de imponer aranceles al petróleo, el cobre, la madera, los productos agrícolas, los microprocesadores y los productos farmacéuticos (estos últimos, muy pronto), entre otros gravámenes sectoriales. También contempla la posibilidad de castigar con un arancel del 25% a todas las importaciones de los países que compren petróleo venezolano (ha delegado en este caso la decisión en su secretario de Estado, Marco Rubio, pero no se sabe cuándo se aplicarán). Y en el horizonte está también la posibilidad de tomar represalias contra los países que tengan una tasa Google o que impongan políticas de moderación de contenidos a las redes sociales.

La guerra comercial tiene también implicaciones geopolíticas, y no solo porque Trump esgrima los aranceles como herramienta de chantaje para lograr los objetivos de su política exterior, sino porque acentúa una desconfianza con sus aliados, que ya se ha puesto de manifiesto en otros ámbitos. “La antigua relación que teníamos con EE UU, basada en la integración cada vez mayor de nuestras economías y en una estrecha cooperación en materia de seguridad y militar, ha terminado”, proclamó la semana pasada el primer ministro de Canadá, Mark Carney, en lo que sonó a epitafio de una época.