El notario Cabrera dejó una huella que aún no se borra

El notario Cabrera dejó una huella que aún no se borra

La tumba luce desolada. No hay flores ni otros arreglos. Los trabajadores del cementerio dicen que nadie la ha visitado en los últimos cinco años. La pequeña lápida de madera está descolorida, pero aún se divisa con claridad el nombre de José Cabrera. En la parte inferior está grabada la fecha de su muerte: 26 de agosto del 2005.

16 años después, ese día aún es recordado en las calles de Machala, en El Oro. La gente sostiene que fue el inicio de uno de los episodios más caóticos que vivió esa ciudad.

Con el deceso del notario también se derrumbó el sistema con el que captó dinero de unos 30 000 ‘clientes’.

Entre los depositantes había jueces, fiscales, políticos, militares y policías. Además, aparecían campesinos, profesores, comerciantes, finqueros, jubilados, amas de casa y personas de la tercera edad.

Hoy, los pobladores recuerdan que la noticia del deceso se regó rápidamente y todos buscaban recuperar sus fondos. Los policías sacaron los billetes en las botas, en el interior de los chalecos antibalas o escondidos en su ropa. Se treparon por los árboles para acceder a las fundas con dinero.

Este Diario regresó esta semana a ese lugar. En la calle Ayacucho, en el centro de la urbe, todavía está de pie el sitio en donde operó el notario Cabrera. La edificación, de tres pisos, está remodelada.

Sus propietarios cambiaron puertas, ventanas y paredes, luego de que en ese 2005 militares y policías allanaran cada oficina que funcionaba allí, para ver si había más recursos.

Gastón Orellana es abogado y en esos días convulsionados trabajaba en una oficina que estaba un piso más arriba de la Notaría. Dice que Cabrera era un hombre respetado por todos. Por eso, la gente asegura que accedió a sus ofertas de ganar altos intereses por los depósitos que hicieran.

“Al principio solo trabajaba con vecinos de Machala, pero luego empezaron a venir personas de la Sierra y del Oriente“, indica Orellana.

Ahora, él y un grupo de abogados trabajan en las instalaciones en donde había decenas de fajos de dinero. Lo único que queda de ese centro de captación es una caja fuerte.

Freddy Loor, un comerciante de la zona, recuerda que el negocio del notario generó un cambio en toda la ciudad. “Usted veía cómo de un día para otro los vecinos subían dos pisos más a sus casas. Otros aparecían de la nada con autos del año. Los salones de comida estaban llenos a reventar”.

Paúl González fue representante de la Junta de Afectados. Su familia perdió USD 108 000. Nunca recuperaron esa plata. Para reponerse tuvieron que trabajar el doble en las bananeras. Cuenta que, como afectados, siguieron decenas de juicios. Se investigaron estafas, lavado y captación de fondos; ninguno prosperó.

Los afectados pidieron al Gobierno de ese entonces que se creara una Comisión de la Verdad para que se investigara qué pasó con los recursos. Eso tampoco sucedió.

Jimena Mora sabe que su madre jubilada perdió al menos USD 80 000 que ahorró durante 40 años de trabajo como secretaria de una empresa.

El día que escuchó en la radio que los hijos del notario se fueron del país se desmayó.

“Pasaba todos los días rezando y llorando. La letra de cambio que tenía como prueba de su depósito la guardaba bajo el colchón. Murió de depresión tres meses después”.

Andrea Rodríguez perdió USD 20 000 obtenidos con un préstamo. Advierte que un primo la convenció de invertir. “Recibí dos meses los intereses, pero me quedé con la deuda y no podía pagar. Por el estrés me dio una parálisis facial. Tuve que vender mi casa para solventar el préstamo”.

Ella recuerda que en esos días vio en la televisión cómo, por la desesperación, la gente incluso llegó al punto de profanar la tumba de Cabrera.

Querían comprobar que el hombre enterrado en verdad era él. En esos días, Luis Barrezueta era el administrador del cementerio e indica que unas 400 personas llegaron enardecidas y exhumaron el cadáver.

Querían tumbar las puertas del cementerio. Tuvimos que abrirles y empezaron a sacar la tierra con palas y con las manos. Después, con picos rompieron la capa de hormigón que cubría el féretro. Lo sacaron y decían que era un muñeco. Le punzaron el rostro y le abrieron la boca.

La dentista del notario, que también le había dado dinero, dio fe de que era él. Fueron terribles esa tarde y noche”.
En esos días, ‘inversionistas’ con carros nuevos, que tenían aún los plásticos en los asientos, llegaban a reclamar sus fondos. “Una señora de Ambato gritaba y mostraba tres letras de cambio por USD 400 000, USD 300 000 y USD 200 000”, sostiene Barrezueta.

En Machala, los recuerdos de Cabrera han vuelto en los últimos días. La gente ve cómo en Quevedo y en Ambato han aparecido personas que captan dinero a cambio de altos intereses por sus capitales.

“No entienden hasta ahora que esas promesas de fácil ganancia al final acaban con los más pobres”, dice un hombre que vive en la calle Las Palmeras de Machala. Allí, permanece en pie la casa del notario.

Es un inmueble de tres plantas que está abandonado. Hay basura y estiércol en la entrada principal del inmueble.